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Los aromas de la contaminación
Posted by Tin
on
9:56 AM
3 al hilo señores, 3 al hilo en una sola semanita. La primera vez que me paso estaba yo junto a mi señora madre entrando a una de esas casas new age de comida “naturista” y la señora muy barrionortense que acarreaba a su crío rubio y “sano” hasta la puerta exclama: “huy que olor a cigarrillo”. Yo la miré con odio, porque con mi vieja nadie se mete más allá de que fume como una chimenea, y dejé pasar el insulto porque no supe que hacer cuando le secuestrara al borrego insoportable ese que se dignó a parir. No daba caer en la casa de ningún amigo esquivando balas policiales al grito de “mete al pendejo en la heladera”, poco ético.
La segunda vez fue en la calle, pasaba delante de una obra en construcción donde aporreaba mis oídos un motor de esos que no se que carajo impulsan en una obra en construcción y vi como una señora se tapaba la boca con su bufanda y ponía cara de asco ante el humo que emanaba del aparato en cuestión.
Y por fin la tercera vez fue en mi propio lugar de trabajo, donde están cambiando el revestimiento de la pared de no se que piso. Me di cuenta de que algo no estaba en su lugar conmigo cuando todos ponían cara de asco al pasar por ahí. Todos menos yo.
¿Y de que me di cuenta en estas tres disímiles situaciones? De que me gusta la contaminación.
Las cosas mas tóxicas son las que mejor huelen: nafta, pegamento, cigarrillo, acetona, lysoform...
Cuando iba por el tercer o cuarto nariguetazo de poxi en el pasillo del Hospital, mi neuronita se puso a cavilar sola y descubrió muy graciosamente que el siglo XXI ha cambiado el espectro aromático. La experiencia urbana se ve enriquecida en un doble juego: para los que les gusta oler cosas toxicas hay todo un campo de sensaciones a ser descubiertas. Y para quienes no, el mismo campo se les presenta como un desafío, una carrera de obstáculos.
Solo les pido que no discriminen. Antes de descartar un olor claramente impregnado de globalización consumista y censurado por greenpeace, piensen, miren a su alrededor, dejen gozar al prójimo. Aunque sea un freak, como yo.
La segunda vez fue en la calle, pasaba delante de una obra en construcción donde aporreaba mis oídos un motor de esos que no se que carajo impulsan en una obra en construcción y vi como una señora se tapaba la boca con su bufanda y ponía cara de asco ante el humo que emanaba del aparato en cuestión.
Y por fin la tercera vez fue en mi propio lugar de trabajo, donde están cambiando el revestimiento de la pared de no se que piso. Me di cuenta de que algo no estaba en su lugar conmigo cuando todos ponían cara de asco al pasar por ahí. Todos menos yo.
¿Y de que me di cuenta en estas tres disímiles situaciones? De que me gusta la contaminación.
Las cosas mas tóxicas son las que mejor huelen: nafta, pegamento, cigarrillo, acetona, lysoform...
Cuando iba por el tercer o cuarto nariguetazo de poxi en el pasillo del Hospital, mi neuronita se puso a cavilar sola y descubrió muy graciosamente que el siglo XXI ha cambiado el espectro aromático. La experiencia urbana se ve enriquecida en un doble juego: para los que les gusta oler cosas toxicas hay todo un campo de sensaciones a ser descubiertas. Y para quienes no, el mismo campo se les presenta como un desafío, una carrera de obstáculos.
Solo les pido que no discriminen. Antes de descartar un olor claramente impregnado de globalización consumista y censurado por greenpeace, piensen, miren a su alrededor, dejen gozar al prójimo. Aunque sea un freak, como yo.