Por su parte, en un choreo vulgar, Verón sostiene que el sentido de las cosas esta en la circulación. Este concepto me encanta, porque según el autor no existen “huellas” o “marcas” de la instancia de circulación. El sentido entonces esta puesto en algo que no es, que no se puede ver. El sentido es inherente al funcionamiento del teléfono. Uno sabe marcar y levantar el tubo. Pero como llega a producirse la verdadera comunicación es un misterio. Al menos para mí. Y no me vengan con reduccionismos de cables y fuerzas mecánicas o electr(ron)icas. Todos esos son inventos de filisteos.
Otra cosa que me encanta es el hecho de que para cada “gramática de producción” (es decir, conjunto de reglas de cómo producir un “paquete de materias significantes”) existe un campo de efectos de sentido posibles. O sea, nunca puedo yo determinar la forma en que el sentido producido por mi, hará ancla en la instancia receptora.
Ahora bien, en la cátedra de Comunicación y Cultura nos enseñan que el “Crítico” en el esquema veroniano está por fuera de la producción social de sentido, por fuera de la “semiosis”. Pero nos cuentan que nada puede estar por fuera de la semiosis, que todo es signo. Que todo, todo, todo, todo es SENTIDO en la mas pura concepción de este término.
¿Y el observador? Ahí está, dando sentido en el lugar donde el sentido muere. Su misión es la de ver el proceso sin intervenir allí donde se estructura la forma pura de la intervención del sentido. Allí donde el sentido no puede dejar de ser, por arriba de la “circulación” (mágica…recuerden), allí nos ubicamos nosotros.
Y allí me ubiqué yo el viernes a la madrugada.
Y observé, y fui el sentido de no tener sentido en mi persona. Y vi a Niño abrazando al olvido y me vi a mi mismo riendo con el hijo tenaz de mi enemigo. Al que aprendí a respetar en una forma bizarra. Al que entiendo porque surge como yo, del mayor de los equívocos. Del más grande de los miedos.
A ese que es mi apéndice le dedico este post. Y todo lo que sucedió después me lo dedico a mi mismo y a aquel otro que supo llevarme sin ascos al mas hondo de los abismos, al fondo del pozo, para entender que cada vez que respiro estoy enviando un mensaje que a veces no es claro, que no es firme, que no dice lo que dice en realidad y que el campo de efectos de sentido posibles hace que esa maravilla mágica de la circulación se haya teñido de mierda.
Que la producción de actos futuros nos haya hecho bajar la escalera, quemarnos las manos, odiarnos a cada segundo más. Y aprender, tener una gramática de producción equivocada, crear la maldad para devolver la maldad que el sentido nos trajo. No quisimos hacerlo, lo se. Pero hicimos, lo fuimos.
Y aunque resulte gracioso, como a cualquier observador en el que se muere el sentido y cuya razón de ser es la de constatarse en la instancia de sinsentido mas grande, a mí no me duele. Me da asco nomás.












